Atención a la educación emocional

Por Annayancy Varas, Directora General de Early Institute

Publicación original en El Financiero

¡Cuántos desafíos está evidenciando la presencia del Covid-19! Por donde quiera que se le vea, esta vivencia produce huellas y afectaciones de todo tipo. Una de carácter primordial es la dimensión socioemocional, que se ha visto todavía más vulnerada en personas de todas las edades.

En el caso de los niños y las niñas, el aislamiento en el que han tenido que acoplar sus procesos educativos al hogar ha provocado cambios drásticos no sólo en sus rutinas, sino también en las de sus cuidadores o padres.

En este sentido, las adaptaciones han involucrado a todo el colectivo escolar integrado por niños, niñas, jóvenes, maestros y padres de familia. Pero el tema no es que haya un cambio de dinámicas, sino que esto ha ocasionado tensión en los hogares derivada de tales ajustes, pero también de la angustia, la situación laboral, el temor a un contagio, la interacción con la tecnología o, quizá, por la pérdida de seres queridos.

Ante la posibilidad de un regreso a la escuela –que requerirá precauciones y cuidados particulares para evitar contraer la enfermedad– es necesario estar alertas a las señales que pudiera expresar la población infantil después del confinamiento o, incluso, durante el mismo.

Si un niño se muestra irritable, es agresivo, no quiere jugar, no tiene hambre, está inquieto, comienza a presentar conductas ya superadas (como querer dormir acompañado cuando ya lo hacía solo) es muy probable que requiera ayuda para canalizar sus emociones. La circunstancia se agrava cuando vive en un entorno donde hay violencia, la cual desafortunadamente está creciendo en este aislamiento social. Otras de las señales que pudieran significar la necesidad de apoyo emocional es si los niños están constantemente alertas, pasivos o retraídos, nerviosos o maltratan a los animales.

Dice Ana Serrano, directora del Proyecto DEI: “el desarrollo no espera, por lo que es fundamental actuar en cuanto se identifique una señal de alarma en los niños y no hasta que se regrese a la escuela. Es a los papás a quienes nos toca poner orden en la casa. Es impresionante que, al poner un poco de estructura con horarios para levantarnos, para dormirnos, para comer, además de dar avisos o pequeñas certezas a los niños, se les da un marco de seguridad. Sobre todo, hay que emplear un lenguaje y pensamiento positivos. Esto implica dar las gracias, reconocer lo positivo (aunque sea poquito) de lo que se está viviendo y cambiar el enfoque de que estamos aislados no para evitar morir sino para cuidarnos a nosotros y a los demás”.

Para ayudar a los niños a enfrentar esta pandemia es esencial que los padres y cuidadores se encuentren en óptimas condiciones emocionales, por lo que si sienten que la situación los desborda deben buscar ayuda para aprender a autorregularse. Ante esto, varias organizaciones ofrecen herramientas para la apropiación y gestión de las emociones, cuya protección hoy es mayúscula.

Por estas razones, en Early Institute buscamos que el diálogo en el que transiten propuestas que beneficien el desarrollo de niñas y niños considere la salud emocional como uno de los puntos sustanciales en su bienestar integral.

La responsabilidad está en nuestras manos. Actuemos colectivamente para asegurar que nuestros niños y niñas se vean fortalecidos no solamente tras esta experiencia, sino en las futuras.

Cuidado profundo en la infancia, una deuda social

 

Es claro que, si queremos construir un país más justo y equitativo, debemos partir por garantizar, no en el papel, sino en la vida cotidiana, los derechos de los niños y las niñas y erradicar todo tipo de violencia en sus vidas.

     De todo se ha dicho sobre la tragedia en el Colegio Cervantes. Hoy aún se da información para tratar de entender lo que sucedió en Torreón, Coahuila. A estas alturas, ¿importa saber si las armas que usó el menor eran de su abuelo o si su padre no vivía con él o si quiso imitar lo que ocurrió en Columbine? La respuesta es sí, porque todos somos corresponsables. Importa porque México es un país violento en el que la pérdida de vidas humanas, en circunstancias como éstas, nos debería indignar y obligar a ver qué está ocurriendo con la niñez mexicana.

     Según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, en México, niños, niñas y adolescentes son víctimas de toda clase de delitos. En 2018, de las 206 mil 285 víctimas, 12 mil 921 fueron menores de edad. En ese año se contaron dos mil 899 víctimas de homicidios menores de edad, que representaron el 5.7 por ciento del total. En cuanto a feminicidios, de los 920 registrados en 2018, 87 fueron niñas o adolescentes. Pero eso no es todo, la Secretaría de Salud indica que, en 2017, ocurrieron 630 suicidios de menores de edad, principalmente de entre 13 y 17 años.

     Evidenciar el panorama sirve para reconocer que este sector transita por graves dificultades para conducirse con plenitud. Por un lado, el deterioro social provoca un ambiente inadecuado que no cubre las garantías mínimas de seguridad y, por el otro, son deficientes los cuidados para proteger sus ámbitos personal y familiar.

     A su corta edad, el menor no sólo debió enfrentar la muerte de su madre sino la ausencia de su padre, quedando al resguardo de sus abuelos. Decir que sus acciones fueron motivadas por los videojuegos –como en un primer momento declaró Miguel Riquelme, gobernador de Coahuila– es minimizar la problemática.

     También de inmediato se habló de la importancia de programas como los de “Mochila Segura”, del que incluso Beatriz Gutiérrez Müller señaló: “Mamás, papás, tíos, abuelos y todos aquellos responsables de un menor: por favor, no den por hecho que sus hijos son ‘incapaces’ de hacer tal o cual cosa. […] Supervisen, constaten, revisen pero sobre todo, dialoguen con ellos y compréndanlos. Hagan todo por ellos. La seguridad comienza en casa. ‘Mochila Segura’ no hasta la escuela, sino desde el domicilio”.

     Por su parte, la Secretaría de Gobernación exhortó a los tres órdenes de gobierno a emprender acciones en contra de la violencia que tanto daña a la niñez y a la adolescencia. El impacto que tiene en sus vidas es incalculable; sus efectos no solo trascienden la esfera de sus derechos más fundamentales, sino que también afecta a familias y comunidades enteras.

     Sus hijos, nuestros hijos, requieren que en casa haya apoyos sólidos, desean que los veamos, que les dediquemos tiempo, los escuchemos y los entendamos, porque esa solidez es la que, en su tiempo, transmitirán a los suyos, también para protegerlos de las amenazas que, si bien no se pueden eliminar, sí se pueden prevenir. Procuremos su paz.