Respeto absoluto a nuestros niños, niñas y adolescentes

Por Annayancy Varas, Directora General de Early Institute

Publicación original en El Financiero

 

México vive una crisis de violencia que está dañando profundamente a nuestras nuevas generaciones. Casos como el de la comunidad de Alcozacán, en Chilapa de Álvarez, Guerrero, donde niños de entre seis y 15 años son reclutados para combatir la inseguridad que los aqueja, nos dejan con una sensación de desolación e indignación. Según la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC), la decisión se tomó por el poco apoyo que reciben de las autoridades policiacas.

Sin duda, es lamentable el nivel de desesperación que los pobladores de Alcozacán demuestran al dotar de armas a niños que deberían ocuparse de asuntos propios de sus condiciones física, social y emocional. Los niños, niñas y adolescentes son sujetos de derecho, a quienes debemos garantizar un entorno de paz y de ninguna manera pueden ser objeto de algún tipo de estrategia de combate contra la inseguridad o el crimen para convertirse en asesinos o morir por ello. Deben ser tratados con el cuidado amoroso y sensible que promueven organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS), que buscan crear entornos favorables, confiables, estables y seguros a través del apoyo a los padres, las familias, otros cuidadores y las comunidades.

La Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes es muy clara al respecto. En su artículo 16 señala: “Niñas, niños y adolescentes tienen derecho a no ser privados de la vida bajo ninguna circunstancia, ni ser utilizados en conflictos armados o violentos”. Lo que sucede en Guerrero es una tremenda violación a los derechos más elementales de los infantes y debería ser una preocupación prioritaria y conjunta para establecer acciones contundentes por parte de todos los sectores de la sociedad.

La violencia nos ha rebasado. Simplemente, 2019 se convirtió en el año con más asesinatos en las últimas dos décadas. Esto significó un incremento del 2.5 por ciento con respecto al 2018, de acuerdo con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP). Las razones son varias, pero apuntan hacia una descomposición social, derivada de la falta de principios éticos y de solidaridad.

En este entorno viven nuestros niños y niñas, quienes deberían ser protegidos con todo el rigor. Por desgracia no es así. Casos como los de Alcozacán nos indican que, en México, viven riesgos y situaciones inimaginables. Por un lado, se les adiestra para defenderse de la inseguridad; por el otro, los grupos criminales los reclutan con relativa facilidad y total impunidad.

La situación no es nada favorable en tanto no exista una estrategia clara para erradicar los altos niveles de criminalidad que se viven hoy en nuestro país. Si bien el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Alfonso Durazo, se pronunció en contra, es alarmante que la protección a la niñez no figure como una prioridad en los planes estratégicos de gobierno.

Lo que ocurre con la niñez y la adolescencia mexicana es responsabilidad de todos. Estamos obligados a protegerlos y a brindarles bienestar, salud y seguridad.

Debemos proveerlos de un medio social sustentado en valores y principios que compartan en sus círculos más cercanos, empezando por nuestros hogares.

No seamos omisos y promovamos una cultura de paz que les garantice una vida plena, porque es su derecho y merecen absoluto respeto.

Cuidado profundo en la infancia, una deuda social

 

Es claro que, si queremos construir un país más justo y equitativo, debemos partir por garantizar, no en el papel, sino en la vida cotidiana, los derechos de los niños y las niñas y erradicar todo tipo de violencia en sus vidas.

     De todo se ha dicho sobre la tragedia en el Colegio Cervantes. Hoy aún se da información para tratar de entender lo que sucedió en Torreón, Coahuila. A estas alturas, ¿importa saber si las armas que usó el menor eran de su abuelo o si su padre no vivía con él o si quiso imitar lo que ocurrió en Columbine? La respuesta es sí, porque todos somos corresponsables. Importa porque México es un país violento en el que la pérdida de vidas humanas, en circunstancias como éstas, nos debería indignar y obligar a ver qué está ocurriendo con la niñez mexicana.

     Según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, en México, niños, niñas y adolescentes son víctimas de toda clase de delitos. En 2018, de las 206 mil 285 víctimas, 12 mil 921 fueron menores de edad. En ese año se contaron dos mil 899 víctimas de homicidios menores de edad, que representaron el 5.7 por ciento del total. En cuanto a feminicidios, de los 920 registrados en 2018, 87 fueron niñas o adolescentes. Pero eso no es todo, la Secretaría de Salud indica que, en 2017, ocurrieron 630 suicidios de menores de edad, principalmente de entre 13 y 17 años.

     Evidenciar el panorama sirve para reconocer que este sector transita por graves dificultades para conducirse con plenitud. Por un lado, el deterioro social provoca un ambiente inadecuado que no cubre las garantías mínimas de seguridad y, por el otro, son deficientes los cuidados para proteger sus ámbitos personal y familiar.

     A su corta edad, el menor no sólo debió enfrentar la muerte de su madre sino la ausencia de su padre, quedando al resguardo de sus abuelos. Decir que sus acciones fueron motivadas por los videojuegos –como en un primer momento declaró Miguel Riquelme, gobernador de Coahuila– es minimizar la problemática.

     También de inmediato se habló de la importancia de programas como los de “Mochila Segura”, del que incluso Beatriz Gutiérrez Müller señaló: “Mamás, papás, tíos, abuelos y todos aquellos responsables de un menor: por favor, no den por hecho que sus hijos son ‘incapaces’ de hacer tal o cual cosa. […] Supervisen, constaten, revisen pero sobre todo, dialoguen con ellos y compréndanlos. Hagan todo por ellos. La seguridad comienza en casa. ‘Mochila Segura’ no hasta la escuela, sino desde el domicilio”.

     Por su parte, la Secretaría de Gobernación exhortó a los tres órdenes de gobierno a emprender acciones en contra de la violencia que tanto daña a la niñez y a la adolescencia. El impacto que tiene en sus vidas es incalculable; sus efectos no solo trascienden la esfera de sus derechos más fundamentales, sino que también afecta a familias y comunidades enteras.

     Sus hijos, nuestros hijos, requieren que en casa haya apoyos sólidos, desean que los veamos, que les dediquemos tiempo, los escuchemos y los entendamos, porque esa solidez es la que, en su tiempo, transmitirán a los suyos, también para protegerlos de las amenazas que, si bien no se pueden eliminar, sí se pueden prevenir. Procuremos su paz.