La ENAPI, entre avances y tropiezos

Hace casi cien años, John Dewey —renombrado filósofo estadounidense— abordaba lo que hoy conocemos como políticas públicas para hablar de “lo público y sus problemas”.

En donde lo público, que surge de las relaciones privadas, tiene consecuencias que afectan a terceros y, por lo tanto, se requiere de políticas para intervenir. Demanda la conformación de un Estado y del desarrollo de una ciudadanía democrática.

En el mismo tenor, Wayne Parsons afirmaba, muchos años después, que una de las razones por las que las políticas públicas han demostrado ser tan difíciles de comprender es que se refieren a la propiedad de todos y de nadie, pues así es la naturaleza de los problemas públicos.

Entendiendo dicha complejidad, durante decenas de años los Estados, a través de los gobiernos, han puesto en marcha innumerables mecanismos —políticas públicas—, mediante los cuales se pretende ya no solo resolver problemas sino impulsar el desarrollo social. Y si bien hemos facultado a los gobiernos a que hagan propias tales políticas, en países democráticos su construcción es propiedad de todos.

Los actuales planes, programas, estrategias y todo el accionar que establecemos como “público” son obras en las que en esencia todos tenemos parte, con independencia de que seamos una población directamente afectada o beneficiada.

Así como muchas otras políticas públicas, con esa idea se elaboró la recientemente publicada Estrategia Nacional de Atención a la Primera Infancia (2026-2030), la ENAPI, que según se expresa en la publicación oficial “se construye bajo los principios del humanismo mexicano, la igualdad sustantiva, la corresponsabilidad social…”. Para esto último integra una Comisión con la participación de entidades públicas, organizaciones sociales y organismos internacionales.

Para quienes trabajamos por el beneficio de la primera infancia esta política pública es el referente más claro de la apuesta que hace el gobierno federal por atender problemas graves, y a partir de las voces escuchadas trazar un camino y objetivos a alcanzar.

Este ejercicio colectivo dio frutos, entre otros, respecto a la priorización de la Ruta Integral de Atenciones —que marca la pauta de atenciones y servicios a los que deben acceder las niñas y niños, y que son implementados por la ENAPI—.

En la ENAPI se dedica parte importante al diagnóstico de la situación actual y al trazado de metas, con el apoyo de 15 indicadores (dentro de ellos tres indicadores de gestión y 12 sustantivos) que prometen medir, año con año, los avances a alcanzar. Esto también es un gran paso hacia adelante con respecto a la anterior ENAPI, pues por primera vez cada indicador viene acompañado de una ficha técnica que precisa lo que mide, el valor de línea base, la fuente de información, la fórmula para el cálculo, la meta para 2030, entre otros datos para el monitoreo. Hago este énfasis pues un sinfín de políticas públicas en nuestro país no están motivadas ni interesadas en trazar objetivos, metas y vías para su seguimiento. Muy por el contrario, procuran eliminar o dificultar toda posibilidad de escrutinio público.

Al replicar los cálculos con las bases de datos públicas que el propio documento cita, cuatro de los 12 indicadores sustantivos coinciden de forma exacta con lo publicado, mientras que otros seis quedan a menos de un punto y medio porcentual de diferencia. En este sentido, se puede confiar en tomar el dato y corroborarlo con la fuente pública, lo cual es plausible.

Sin embargo, la ENAPI también deja ver limitaciones serias. La manera en que fueron construidas las líneas base presenta deficiencias relevantes. Ocho de los 12 indicadores sustantivos agrupan varios años en una sola estimación y luego se expresa como una fotografía anual. Por ejemplo, se dice que el porcentaje de niñas y niños de uno a cinco años expuestos a disciplina violenta fue de 52.7 por ciento en 2021, 2022, 2023 y 2024. Lo mismo pasa con el dato de sobrepeso en niñas y niños menores de cinco años, que según el documento se estacionó en 7.7 por ciento cuatro años seguidos, al igual que la baja talla o desnutrición crónica, que se dice permaneció en 14 por ciento los mismos años. La línea base no es una cuestión menor, pues es el dato que sirve como punto inicial o de referencia para medir los cambios. En estos casos, claramente los datos no se estancaron, sino que se repitió un dato sin la debida precisión anual.

Por otro lado, se observaron indicadores como control prenatal y vacunación en los que no se declaran el numerador y denominador con los que fueron calculados, lo que imposibilita verificarlos. Inclusive cuando se intenta reproducir el dato de control prenatal con la fuente pública correspondiente, el resultado difiere del publicado.

Asimismo, a pesar de que la propia ENAPI dedica páginas completas a explicar que en diversas situaciones la desigualdad y los focos rojos se encuentran al observar la condición indígena, discapacidad, ámbito rural o sexo de las niñas y niños, la información en los indicadores pasa por alto el desglose correspondiente. Tampoco se establecen indicadores de seguimiento ni metas a alcanzar en problemáticas tan importantes como la mortalidad infantil, la mortalidad materna, la atención del parto por personal capacitado y el peso al nacer, a pesar de que el propio documento reconoce como centrales.

A estas omisiones se suma el hecho de que las metas trazadas carecen de fundamento; son más bien líneas entre el dato de partida y una cifra estimada para 2030, sin razones en las que se base la progresión. En otros indicadores, como el de asistencia a educación inicial, la meta apenas se mueve, al pasar de 4 por ciento en 2026 a 4.5 por ciento en 2030, medio punto porcentual en todo el periodo. O como en el caso del indicador de vacunación donde la meta se estima en 90 por ciento en 2026, sin cambios en ninguno de los años siguientes.

Finalmente, la ENAPI nuevamente llega tarde; pareciera que ya nos hemos acostumbrado a que es una estrategia que no alcanza el sexenio, pues se publica casi dos años después de la entrada del actual gobierno federal y eso acorta sus posibilidades. Esta situación debería llamarnos a la acción en tanto cada uno de los temas que abarca la ENAPI nos concierne a todos, no solo porque la primera infancia se refiere a una etapa prioritaria, sino porque cada problema público y su posible solución nos pertenece a cada uno de nosotros.

La corresponsabilidad no termina con la elaboración de una política, sino que exige también la participación de la sociedad en su seguimiento y evaluación. Tenemos poco tiempo para confirmar si el rumbo es el correcto y si la ruta trazada nos lleva al destino deseado.

Feliz Día del Padre, mucho festejo y cero cambios

Cada año, el Día del Padre, se ha vuelto el momento idóneo para hablar de la licencia de paternidad. En medios de comunicación, espacios de debate y análisis e incluso en la conversación pública se describe su relevancia. Es el día en que se hacen comparativas internacionales y se muestra el rezago de nuestro país es esta política.

Alrededor del Día del Padre se publican innumerables artículos de divulgación y se presentan, ya por tradición, iniciativas de ley acompañadas de declaraciones y promesas de mejora. Y luego, como ha ocurrido durante más de una década, todo vuelve a la calma. El permiso -no licencia- sigue siendo un beneficio con alcances muy limitados.

Desde que en 2012 se incorporó a la Ley Federal del Trabajo el permiso de paternidad —que permite a los padres trabajadores gozar de cinco días laborales para el cuidado de un hijo o hija recién nacido o adoptado—, han pasado catorce años, decenas de iniciativas legislativas y cero reformas a nivel federal.

Lo que sí ha cambiado, y vale la pena reconocerlo, ha ocurrido a nivel estatal. Varios gobiernos han extendido este derecho para trabajadores del sector público: Campeche, Coahuila, Colima, Hidalgo, Jalisco, Ciudad de México, Morelos, Nayarit, Puebla y Yucatán, entre otros, otorgan entre 10 y 15 días de permiso. Querétaro, Michoacán y Tamaulipas reconocen 20 días. Chiapas llega a 30. El Estado de México, Tlaxcala y Zacatecas amplían el período a 45 días, y Nuevo León, Hidalgo y Quintana Roo a 60. El caso más notable del país es Baja California Sur, donde los trabajadores del Estado tienen derecho a 90 días de licencia de paternidad pagada —la más larga registrada en el territorio nacional.

Estos avances estatales son significativos y son muestra que, a nivel federal, el Congreso a través de sus integrantes, no ha tomado el tema con la seriedad debida para extender ese piso mínimo a todos los trabajadores del país.

Por si fuera poco, muchos padres desconocen el derecho que tienen a un permiso de paternidad, y en otros tantos el permiso es negado o no se goza por miedo a repercusiones laborales. En aquellos “afortunados” que pueden hacer uso de él, la expectativa es aprovechar tanto como sea posible este muy corto periodo de tiempo para cuidados, acompañamiento e involucramiento paterno.

Estudios realizados en países con mayor trayectoria en políticas de licencias parentales demuestran que la duración del permiso tiene un impacto directo no solo en el vínculo afectivo entre padres e hijos, sino en indicadores de largo plazo: se reducen las tasas de violencia contra niñas y niños, mejora su desempeño académico, su salud, y su desarrollo físico y cognitivo. También hay efectos positivos sobre la autoestima infantil y sobre la redistribución de las tareas de cuidado al interior de los hogares.

Este último punto es especialmente relevante en México. Según datos del INEGI, en la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (Enasic) 2022, las mujeres son las principales cuidadoras (96.0 por ciento), en su mayoría son madres (86.3 por ciento) y abuelas (7.6 por ciento), que dedican un promedio de 14.6 horas a la semana a los cuidados directos de niños de 0 a 5 años, mientras que los hombres dedican solo seis horas.

Esa brecha es el resultado de años de políticas que no han incentivado la participación paterna ni cuestionado la provisión del cuidado como una responsabilidad exclusivamente femenina y, claramente, un permiso de cinco días es insuficiente para transformar esta situación.

Por eso resulta difícil no ser escéptico cuando el Día del Padre detona el tema con un renovado optimismo. Hemos visto iniciativas presentadas con mucho ímpetu por legisladores de distintos partidos —propuestas de ampliación que van desde 20 o 30 días hasta meses de permiso con goce de sueldo— que terminan en los archivos de las comisiones correspondientes o aprobadas en una cámara y olvidadas en la otra.

La transformación cultural que el país requiere se incentiva con el ejemplo en el espacio público. Con políticas que “tiren línea”, que den una muestra clara que el cuidado de niños y niñas es un lugar común a todos, es corresponsabilidad.

Una licencia de paternidad digna les dice a los padres que quieren estar presentes desde el primer día que el Estado los respalda, que la paternidad activa no es una aspiración, sino un derecho.

Hoy ya no es terreno de debate el impacto del involucramiento paterno en el desarrollo infantil. Los datos son consistentes y contundentes; cuando los padres participan activamente en la crianza desde los primeros meses, los beneficios para niñas y niños son duraderos. No hay razón técnica ni económica que justifique seguir postergando permisos parentales igualitarios, bien remunerados y financiados desde la seguridad social.

Este Día del Padre es una buena oportunidad para que el Congreso rompa con una tradición que no le hace honor a la fecha. Año tras año se prometen mejoras a la licencia de paternidad y año tras año se desvanecen. Si la voz de los padres no se ha escuchado aún, que no se ignore la de las niñas y los niños que los necesitan presentes.

Infancia en la mira: el crimen organizado recluta desde redes sociales

Autor: Cándido Pérez

En México, miles de niñas, niños y adolescentes viven bajo la amenaza constante del reclutamiento por parte de grupos delictivos. La violencia armada y el abandono institucional han convertido a esta población en un blanco fácil para redes criminales que operan tanto en las calles como en el entorno digital. 

Plataformas como Facebook, TikTok o WhatsApp se han convertido en herramientas del crimen organizado para atraer a adolescentes mediante falsas promesas de empleo, dinero o pertenencia a un grupo. Esta forma de captación, rápida y sigilosa, ocurre muchas veces sin que madres, padres, tutores o autoridades logren detectarla a tiempo. 

Entre diversas recomendaciones, organismos internacionales han señalado que nuestro país debe establecer mecanismos eficaces de identificación y protección para niñas, niños y adolescentes en situación de especial vulnerabilidad, como los migrantes, refugiados y solicitantes de asilo. También han subrayado la urgencia de implementar medidas de recuperación y reintegración social que no criminalicen a quienes han sido reclutados; por el contrario, deben ser reconocidos y tratados como víctimas, no como infractores. 

A pesar de que en los últimos años se han presentado múltiples iniciativas en el Congreso para tipificar este delito o reformar leyes clave —como el Código Penal Federal, la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, y la Ley Nacional del Sistema Integral de Justicia Penal para Adolescentes—, ninguna ha sido aprobada hasta ahora. 

La violencia armada que afecta a la infancia no se resuelve con discursos ni con medidas aisladas. Es urgente una estrategia nacional que articule a las distintas autoridades en tareas de investigación, atención, justicia restaurativa y desmovilización. Esto implica, entre otras acciones, garantizar la restitución integral de derechos a niñas, niños y adolescentes reclutados, así como sensibilizar a las comunidades sobre los factores que los colocan en riesgo. 

El reclutamiento forzado por grupos criminales ha encontrado en nuestro país un terreno fértil que amenaza a millones de hogares. El llamado es, una vez más, a la prevención: porque una vez dentro de estos grupos, el camino de regreso se vuelve cuesta arriba. 

Restricciones de redes sociales para niñas y niños

Por: Cándido Pérez, Investigador de Early Institute
Publicación original de: Mexiquense Televisión

En un contexto donde la digitalización impacta la vida de niñas, niños y adolescentes, recientes propuestas en Querétaro para restringir el acceso a redes sociales a menores de 14 años han reavivado el debate sobre este tipo de medidas.

Las iniciativas del gobierno queretano buscan proteger a la niñez de los efectos nocivos asociados al uso excesivo y, en muchos casos, descontrolado de las redes sociales. El objetivo principal es prevenir problemas de salud mental, ciberacoso y exposición a contenido inadecuado. Sin embargo, surgen dudas sobre la efectividad de estas restricciones.

Diversos países han implementado medidas similares. En China, por ejemplo, el gobierno ha establecido estrictas regulaciones para limitar el tiempo de pantalla y el acceso a videojuegos en línea mediante sistemas de registro real y restricciones horarias. Estas acciones han logrado, en cierta medida, reducir la adicción a las pantallas. Por su parte, Corea del Sur prohibió el acceso a videojuegos en ciertos horarios, lo que resultó en una disminución del consumo excesivo. En otras naciones, como Estados Unidos, Suecia y Australia, también se han adoptado estrategias similares.

Estas experiencias demuestran que, si bien las restricciones pueden ayudar a reducir ciertos riesgos, es fundamental complementarlas con otras acciones. Por ejemplo, fortalecer la supervisión de las empresas que ofrecen estos servicios, comprender mejor los hábitos digitales de la infancia y, sobre todo, capacitar a madres y padres no solo para restringir, sino también para acompañar a sus hijas e hijos en el entorno digital.

La regulación del acceso a redes sociales debe ir más allá de decisiones desde el poder ejecutivo o legislativo. Si bien es necesario establecer normativas para estas plataformas, también lo es educar a quienes las usamos y fomentar una colaboración efectiva entre el sector público y privado. De lo contrario, esta podría ser otra iniciativa bien intencionada que nunca se traduzca en un cambio real.

Sin unidad interna, futuro incierto para niñas y niños

Por: Cándido Pérez, Investigador de Early Institute
Publicación original de: Mexiquense Televisión

En medio de debates sobre reformas estructurales y cambios políticos, las amenazas desde EE.UU. plantean una nueva pregunta: ¿qué posición debemos adoptar para enfrentar los cambios internos y externos? La respuesta me parece clara: unidad, sobre todo para garantizar bienestar y oportunidades a quienes más lo necesitan.

Si México no se fortalece desde dentro y no prioriza el desarrollo de quienes son más vulnerables, seguiremos, en el mejor de los casos, sorteando riesgos y esperando que las amenazas externas no se recrudezcan.

Cuando hablo de población vulnerable, me refiero, por ejemplo, a los seis millones de niñas y niños menores de seis años que viven en pobreza, una cifra que en estados como Chiapas, Oaxaca y Guerrero alcanza alrededor del 70% de esta población.

Estas cifras no solo evidencian una crisis en los derechos de la niñez, sino que reflejan un país que no está construyendo sobre cimientos sólidos.

Ante esta situación, el equipo de Claudia Sheinbaum tiene la responsabilidad de consolidar a México desde su base: la niñez. Esto implica tomar cuatro decisiones urgentes:

Diagnóstico nacional completo. Sin información, no hay planeación efectiva. Es imprescindible homologar los datos desde la infancia y establecer indicadores comunes para medir avances.

Inversión real en cuidado, educación, salud y nutrición infantil. Un país fuerte invierte para cosechar frutos. Ampliar la cobertura de servicios y mejorar su calidad deben ser prioridades en el presupuesto.

Un Sistema Nacional de Protección para Niñas y Niños funcional. No basta con crear sistemas; es momento de fortalecer un mecanismo que garantice todos los derechos de la infancia.

Coordinación interinstitucional. La dispersión de esfuerzos ha sido un obstáculo histórico. Necesitamos herramientas que articulen acciones, evalúen resultados y aseguren políticas públicas efectivas y sostenibles.

Un país mejor no surgirá de grandes reformas aisladas ni de discursos bien intencionados, sino de nuestra capacidad de avanzar como una nación unida.

No hay margen para la indiferencia. El fortalecimiento del país empieza en casa, desde dentro, y, reitero, protegiendo primero a los más vulnerables.

Suicidio infantil: un llamado a la responsabilidad colectiva

Por: Cándido Pérez, Investigador de Early Institute
Publicación original de: Mexiquense Televisión

El suicidio infantil es una tragedia que desgarra el corazón de familias y comunidades. En México, según el INEGI, es la segunda causa de muerte en niños y adolescentes de 10 a 19 años, con una tendencia preocupante al alza. Se estima que alrededor del 5% de los menores en este rango de edad ha intentado suicidarse al menos una vez en su vida.

El aislamiento, la violencia sexual y el acoso en redes sociales son algunos de los factores determinantes que los expertos han identificado como detonantes de esta problemática.

En México, los servicios de salud mental especializados son insuficientes, y la prevención en las escuelas es deficiente. Aunque algunas instituciones educativas han comenzado a implementar programas de atención psicológica, la gran mayoría carece de protocolos claros y de articulación con otros actores clave. En comunidades rurales, donde el acceso a estos servicios es prácticamente inexistente, los niños, niñas y adolescentes quedan aún más vulnerables.

A esto se suma la falta de educación emocional desde edades tempranas. Muchos niños no cuentan con herramientas para identificar y gestionar sus emociones, lo que los deja expuestos a situaciones que no saben cómo afrontar. Los especialistas recomiendan integrar programas de inteligencia emocional en las escuelas, acompañados de talleres para madres, padres y cuidadores que fomenten un entorno familiar más sano y abierto al diálogo.

También es esencial invertir en la formación de profesionales en salud mental infantil, creando incentivos para que más especialistas se dediquen a esta área, pues su intervención puede marcar la diferencia en la prevención.

Las cifras y testimonios nos recuerdan que el suicidio infantil no es un problema privado; es el reflejo de un entorno social y emocional que no hemos logrado sanar. Desde la visión de los expertos, abrir una conversación responsable sobre este tema es esencial. Sin embargo, esta debe ir acompañada de acciones concretas: capacitación a docentes, ampliación de redes de apoyo y aseguramiento de que las políticas públicas realmente lleguen a quienes las necesitan.

Es momento de reconocer que el silencio y la inacción tienen un costo devastador. Cada niño o joven que pierde la vida nos recuerda la urgencia de construir comunidades más empáticas. No podemos seguir postergando la tarea de fortalecer la salud mental infantil.

Al final, la pregunta no es solo qué está haciendo el gobierno, sino qué estamos haciendo todos como sociedad.

Infancia segura, clave para reconstruir el tejido social

Por: Cándido Pérez, Investigador de Early Institute
Publicación original de: Mexiquense Televisión

Uno de los temas centrales en la agenda pública de los últimos años ha sido la violencia. Hablamos con frecuencia de violencia generalizada, de su normalización y de un tejido social fracturado.

Pertenecemos a generaciones que han sido testigos de violencia en el hogar, a menudo justificada como disciplina. Esta problemática persiste, pues hoy en día, más de la mitad de las niñas y los niños enfrentan violencia en sus propias casas desde una edad muy temprana.

Los casos se cuentan por miles. Tan solo en 2022, se registraron más de 3,300 carpetas de investigación por violencia familiar contra niños de 0 a 4 años. En ese mismo año, hubo 2,438 denuncias por delitos sexuales contra niñas y niños menores de cinco años, quienes fueron vulnerados en los espacios donde deberían sentirse más seguros y por las personas responsables de protegerlos.

No hemos comprendido que estas experiencias de violencia no solo afectan su bienestar inmediato, sino que también comprometen su salud mental y su capacidad para establecer relaciones seguras en el futuro.

Dentro de los hogares, hay mucho por hacer. La falta de apoyo a los cuidadores, el desconocimiento sobre el desarrollo infantil y el limitado acceso a recursos para una crianza adecuada son problemas evidentes.

Es fundamental fortalecer los programas de parentalidad y crianza positiva. Estos programas deben abordar no solo diversas formas de crianza, sino también la gestión del estrés y el uso de disciplina no violenta.

Sin embargo, prevenir la violencia en el hogar es solo una parte de la solución.

El acceso a la justicia es otro pilar crucial para reconstruir el tejido social. Los procesos judiciales, a menudo largos y revictimizantes, agravan el trauma de las niñas y los niños, desincentivando las denuncias.

La falta de coordinación entre sectores como salud, educación y las Procuradurías de Protección fragmenta la atención y perpetúa la revictimización. Además, es imprescindible capacitar al personal educativo y de salud para identificar signos de violencia y activar los mecanismos de protección adecuados.

En conclusión, prevenir la violencia desde los primeros años de vida, garantizar el acceso a la justicia y fomentar la colaboración interinstitucional son pasos fundamentales para reconstruir el tejido social. Pero el más importante es asumir un compromiso con nuestras niñas y niños, un compromiso que hasta ahora no hemos asumido plenamente.

Mortalidad materna en México: un reflejo de desigualdad estructural

Por: Cándido Pérez, Investigador de Early Institute
Publicación original de: Mexiquense Televisión

La mortalidad materna es uno de los indicadores más claros de las desigualdades sociales en México. Aunque en 2024 se registró una disminución del 18% respecto a 2023, especialistas señalan que este avance no puede atribuirse a mejoras en las políticas públicas de salud, sino a factores como la reducción del número de nacimientos y al esfuerzo invaluable de las parteras tradicionales.

En muchas comunidades, estas mujeres representan la única opción ante la ausencia de servicios médicos accesibles y funcionales, lo que evidencia las fallas estructurales del sistema de salud.

Las principales causas de muerte materna, como las hemorragias obstétricas y los trastornos hipertensivos, son evitables con acceso oportuno a atención médica de calidad para las mujeres embarazadas. Sin embargo, estados como Guerrero, donde la razón de mortalidad materna duplica el promedio nacional, reflejan la brecha territorial que condena a cientos de mujeres a enfrentar embarazos en condiciones de alto riesgo.

La realidad detrás de estas cifras es alarmante: las mujeres en contextos de pobreza, marginación y desigualdad estructural enfrentan mayores riesgos durante el embarazo. México, aún lejos de cumplir con los compromisos internacionales en este tema, evidencia una falta de políticas públicas sostenidas y soluciones basadas en evidencia para abordar las disparidades que perpetúan esta problemática.

Garantizar una disminución sostenida de la mortalidad materna requiere una transformación profunda del sistema de salud y una atención prioritaria a los determinantes sociales que perpetúan esta desigualdad. Invertir en infraestructura, capacitación y recursos médicos, atender emergencias obstétricas y fortalecer la partería como un eje estratégico son acciones imprescindibles.

Cada muerte materna es una tragedia evitable que nos recuerda que garantizar la vida de las mujeres no es un objetivo aspiracional, sino una obligación impostergable.

Avances, inconsistentes avances: a 10 años de la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes

Por: Cándido Pérez, Investigador de Early Institute
Publicación original de: Mexiquense Televisión

El pasado 4 de diciembre se conmemoró el décimo aniversario de la promulgación de la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes (LGDNNA).

Esta ley, diseñada para garantizar la protección integral de la niñez y adolescencia en México, representó un avance significativo hacia el reconocimiento de sus derechos, alineándose con estándares internacionales. Sin embargo, una década después, es necesario reflexionar sobre los avances alcanzados y los desafíos pendientes.

Entre los logros más relevantes de esta Ley se destacan la creación del Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes (SIPINNA), encargado de coordinar políticas públicas dirigidas a esta población, y la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes (PPNNA), que actúa como instancia jurídica para su defensa.

Además, la inclusión del principio del interés superior de la niñez como eje rector en la toma de decisiones constituyó un avance normativo crucial para garantizar que todas las resoluciones consideren, primordialmente, el bienestar de niñas y niños.

No obstante, la insuficiencia presupuestal ha sido un obstáculo constante. Aunque se han creado mecanismos como la Estrategia Nacional de Atención a la Primera Infancia (ENAPI) para abordar desigualdades desde la primera infancia, su impacto ha sido limitado.

Como consecuencia, la pobreza infantil persiste en niveles alarmantes: 1 de cada 2 niñas y niños en primera infancia vive en situación de pobreza, y 1 de cada 10 en pobreza extrema. Esta situación es aún más crítica en hogares rurales, indígenas o con personas con discapacidad, donde la cobertura de programas sociales es insuficiente.

Por otro lado, apenas el 7% de los niños menores de tres años accede a servicios de cuidado o educación inicial, lo que genera brechas de aprendizaje desde etapas tempranas.

En materia de salud, el acceso sigue siendo desigual. En 2022, el 45.9% de las niñas y niños de 0 a 5 años carecieron de acceso a servicios médicos, reflejando una situación preocupante.

Ante este panorama, es innegable que la LGDNNA marcó un antes y un después en la defensa de los derechos de la infancia en México. Sin embargo, el desafío principal radica en traducir los principios legales en acciones concretas. Esto requiere redoblar esfuerzos en inversión pública, mejorar la coordinación entre los distintos niveles de gobierno y garantizar una evaluación constante de resultados.

Desde Early Institute, nos sumamos al llamado para que los gobiernos, tanto estatales como federal, coloquen verdaderamente el interés superior de niñas y niños como una prioridad, con el propósito de que cada uno de ellos tenga la oportunidad de alcanzar su máximo potencial.

La política y las políticas públicas ante la desaparición de organismos autónomos

Por: Cándido Pérez, Investigador de Early Institute
Publicación original de: Mexiquense Televisión

Comúnmente, no solemos diferenciar entre "la política" y "las políticas públicas", dos conceptos con implicaciones fundamentales para el quehacer gubernamental.

La política se refiere al proceso de luchas de poder, negociaciones y confrontaciones ideológicas. Por otro lado, las políticas públicas se enfocan en el diseño de soluciones concretas y basadas en evidencia para atender los problemas de una sociedad. Nos guste o no, necesitamos tanto política como políticas públicas en las decisiones del ámbito público.

Traigo esto a colación debido a la reciente eliminación de organismos autónomos como el INAI y el CONEVAL, lo cual ejemplifica las consecuencias de no distinguir adecuadamente entre estos conceptos.

La desaparición de estos organismos fue presentada como un acto de austeridad, combate a la corrupción y simplificación administrativa. Sin embargo, este hecho ilustra la tensión entre una política enfocada en concentrar el poder y las políticas públicas que deberían priorizar la efectividad en la resolución de problemas sociales.

Desde la perspectiva de la política, el gobierno actual ha logrado consolidar apoyos y avanzar en una narrativa de control centralizado, apelando a la eliminación de lo que considera burocracia innecesaria y excesos presupuestales. Sin embargo, desde el enfoque de las políticas públicas, estas decisiones deben sustentarse en evidencia. No basta con denunciar actos de corrupción, si los hubiera; es imprescindible demostrar con hechos la ineficacia de una institución para cumplir con su razón de ser.

Los organismos autónomos desempeñan funciones esenciales: vigilar el uso de recursos públicos, defender derechos ciudadanos y garantizar elecciones libres y justas. Al desaparecer o debilitar estas instituciones, no solo se pone en riesgo la calidad técnica de las decisiones públicas, sino también los principios de imparcialidad y profesionalismo que estos entes representan.

En lugar de fortalecer la capacidad del gobierno para responder a las necesidades sociales, estas decisiones podrían conducirnos a privilegiar intereses políticos, sacrificando el desarrollo de políticas públicas fundamentadas en criterios técnicos e independientes del poder en turno.

No distinguir entre política y políticas públicas tiene consecuencias profundas. En México, necesitamos un debate público que no se limite a estrategias de poder, sino que analice con rigor las repercusiones de las decisiones gubernamentales. Mientras que la política puede ser útil para ganar elecciones o consolidar partidos, las políticas públicas son las que verdaderamente transforman la vida de las personas mediante programas, planes y estrategias concretas.

En el caso de los organismos autónomos, priorizar el juego político sobre la implementación de políticas públicas efectivas amenaza con debilitarnos como sociedad, sacrificando instituciones que, a pesar de sus imperfecciones, han demostrado ser pasos hacia un México más democrático.