Alerta por aumento de la violencia familiar en México

La tendencia alcista de la violencia familiar debe ser un asunto prioritario, porque el hogar y la familia son los principios de toda organización comunitaria.

Por: Annayancy Varas García, Directora General de Early Institute
Publicación original de: El Financiero

En los últimos años, en México se ha registrado una situación de alarma, ya que ha crecido sustancialmente la violencia familiar. Según la consultora TResearch International, hasta febrero del 2024, los registros oficiales sumaron un millón 238 mil 702 casos, en cinco años de esta administración.

Simplemente, el año 2023 cerró con 284 mil 133 denuncias, en tanto el último año del sexenio previo (2018) concluyó con 180 mil 185, en una trayectoria ascendente y preocupante que no se corresponde con el crecimiento poblacional.

De acuerdo con la agencia, las entidades federativas con mayor número de denuncias por violencia familiar y por millón de habitantes son: Colima (27,750); Coahuila (18,049); Ciudad de México (17,697); Nuevo León (16,961) y Chihuahua (16,812).

Por otro lado, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) señala que casi 60 mil niñas y adolescentes fueron víctimas de violencia en 2022, siendo los delitos más cometidos: feminicidios, lesiones, abuso, acoso y hostigamiento sexual.

De acuerdo con el Instituto, un total de 4 mil 197 niñas de entre 10 a 14 años fueron violadas en ese año y la cifra total de violaciones registradas a niñas y adolescentes (de 0 a 17 años) fue de 8 mil 487.

Lastimosamente, los agresores son personas cercanas a las víctimas, pues del total de adolescentes que sufrieron violencia en su niñez, 20.8% refiere que el abuso lo cometió un tío; 17.4%, un primo; y 15.8% indica que fue algún vecino o conocido.

De acuerdo con las estadísticas, la violencia familiar se registra en todos los estratos sociales, aunque empeora en los más bajos y las principales víctimas son los niños y las niñas en su etapa de mayor indefensión, al igual que las mujeres de cualquier edad y los adultos muy mayores.

Es un hecho que las cifras son indicadores de un problema de mayor gravedad, ya que es sabido que solo una parte menor de las víctimas y sus familiares presenta denuncias. Existe una gran parte de la población que cohabita con las expresiones de violencia, a veces durante largo tiempo, provocando un profundo deterioro físico y emocional.

La violencia está asociada a carencias económicas en el seno familiar; al desconocimiento de las leyes; a la falta de programas educativos y de capacitación, escolares y extraescolares; y también a la pérdida de valores. El problema se agudiza si prevalece una ineficiencia burocrática de las autoridades que debieran proteger a la ciudadanía y no actúan con rapidez y contundencia. Esto incluye a los integrantes del sistema de justicia, ministerios públicos y jueces.

En particular, la violencia contra la mujer, si bien se le ubica como escándalo global, no se reconoce la misma dignidad que al varón, ya que las sociedades están todavía muy lejos de admitir que la mujer tiene idéntica dignidad y derechos que los varones.

En Early Institute insistimos en la atención a esta problemática que afecta al sector de la población más vulnerable. La tendencia alcista de la violencia familiar debe ser un asunto prioritario, porque el hogar y la familia son los principios de toda organización comunitaria. Es ahí donde se educa para la vida adulta y para vivir en sociedad y esa educación siempre debe tener como nutriente principal la protección de cada uno de sus miembros. El abuso hacia los más pequeños y el feminicidio son plagas sociales que no han sido suficientemente denunciadas, a pesar de que la mujer, sea madre o abuela, es el pilar de las sociedades y los niños y las niñas, nuestro presente y futuro. Paremos de una vez por todas estas prácticas, que son de las manifestaciones antisociales más dolorosas e inaceptables.

Sin la agenda por la niñez no habrá transformación

Por: Abraham Madero, Director Ejecutivo de Early Institute
Publicación original de: Proceso

Más allá del discurso o de eslóganes políticos, no habrá transformación si no se coloca en el centro de todo programa o decisión de política pública al interés superior de la niñez.

El país se desenvuelve en una agenda pública compleja de contradicciones y desafíos manifiestos. La falta de una ruta clara de diálogo efectivo y esperanzador en la discusión de la problemática social y la ausencia de sensibilidad política de los actores públicos son una muestra por demás palpable de lo que hoy sucede. En términos prácticos, influir en la toma decisiones acerca del rumbo del país se ha convertido en un peldaño de difícil acceso para los ciudadanos de a pie, cuyos derroteros parecen depender únicamente de la voluntad política del representante y del calendario que los rige.

Definitivamente México ya no es el país del año 2000, el que ansiaba concretar la primera transición democrática y la tan anhelada “alternancia gubernamental” que tantas décadas costó como ideario y punto de inflexión de la última parte del siglo XX. La base generacional, social, política y jurídica ha cambiado de manera significativa; el escenario que se prefiguraba hace 24 años con la expectativa del inicio del nuevo milenio simplemente ya no es el mismo.

Los retos de la economía global, la migración, el agravamiento de las problemáticas estructurales en materia de salud, seguridad y desarrollo social, así como el deterioro del orden constitucional y la efectividad de los derechos humanos –especialmente en las poblaciones más vulnerables– colocan a nuestro país ante un panorama incierto, quizá no ajeno al de otras naciones, pero que del mismo modo exige intervenciones urgentes y bajo un enfoque humanitario de largo plazo.

Este contexto se agudizó por un componente cultural que, a mi juicio, comienza a ser el síntoma más preocupante de la crisis nacional, la normalización del escenario: un país que cada lunes despierta con el reporte de más 200 muertes dolosas registradas sólo durante los fines de semana o con el promedio diario de 80 homicidios en todo el territorio nacional, el país de la inacción ante el desmantelamiento progresivo de los servicios públicos de salud pese a una emergencia sanitaria de incuantificable magnitud, hoy sin coberturas universales para la población, ni infraestructura hospitalaria accesible y digna para las zonas más rezagadas del territorio.

Es el México de los contrastes, donde la pobreza y desigualdad no ha logrado reducirse de manera significativa pese al clientelismo de los denominados programas del bienestar, diseñados con el estilo de gobierno característico del siglo pasado de generar réditos electorales. La realidad es que hoy 46 millones de mexicanos carecen de servicios básicos para su subsistencia y más de nueve millones se ubican en condiciones de pobreza extrema.

Ello se traduce también en más de siete millones de niños entre cero a cinco años, quienes al momento en que se escriben estas líneas simplemente carecen de una vivienda digna, alimentación, servicios básicos de salud y sus familias no cuentan con ingresos ni posibilidades de acceso a empleos que permitan garantizarles estos derechos.

Los ejemplos que se mencionan no pretenden ilustrar, ni de cerca, el resto de las variables que componen la radiografía nacional. Lo cierto es que tal estado de cosas y su aceptación deberían ser motivo suficiente para detonar una respuesta ciudadana sin precedentes, que implique un golpe de timón pacífico, pero enérgico en aras de retomar las riendas del país.

Superar este escenario de normalización e indiferencia requerirá despertar la participación de los jóvenes, activar la voz de las universidades, promover nuevamente las condiciones para que las organizaciones sociales, religiosas, académicas, los artistas, medios de comunicación y gremios empresariales se involucren, todos, de manera activa y sin prejuicios, en la construcción de la agenda pública bajo un plano de subsidiariedad, nunca de competencia o exclusión entre sectores. Mucho menos bajo la infructuosa división entre lo público y privado.

Pero para que esto ocurra ciertamente tendríamos que encontrar un motivo que sea capaz de convocar y unificar al país desde su raíz. Una razón incuestionable, a la cual nadie pueda decir no, para en su lugar dar pie a puntos coincidentes y construir agendas ordenadas que marchen hacia la misma dirección.

Hay quienes estamos convencidos de que este punto de encuentro lo constituye la atención prioritaria de la primera infancia y niñez mexicana. Los beneficios sociales de esta decisión estratégica ya están ampliamente documentados en la literatura y diagnósticos situacionales en la materia (https://staging.earlyinstitute.org/sipimexico/primera-infancia/.

En mi opinión, como pocos temas, la atención prioritaria de la infancia, además de ser un mandato constitucional, nos ofrece la posibilidad de transversalizar y retomar desde el fondo la agenda estructural de políticas públicas en todos sus ámbitos: seguridad, educación, salud, pobreza, justicia, medio ambiente.

¿Cómo pensar en una verdadera agenda de seguridad y justicia sin atender la violencia e impunidad contra la niñez? ¿Un sistema nacional de salud sin atención materno-infantil, medicinas, vacunas ni infraestructura hospitalaria para la primera infancia? ¿Un país sin servicios suficientes de educación inicial, guarderías ni centros de cuidado infantil?

Más allá del discurso o de eslóganes políticos, no habrá transformación si no se coloca en el centro de todo programa o decisión de política pública al interés superior de la niñez. No habrá transformación si no le brindamos al país una razón justa para creer que es posible ordenar el rumbo del Estado, regresando la justicia y la sonrisa a millones de niños que hoy nos exigen cuidado y protección sin dilación.

No habrá transformación si a esta política pública se le da la espalda y continúa, como hasta ahora, en la indiferencia.

¡Alerta educativa en México! el IMCO revela 2 desafíos urgentes

Por: Cándido Pérez, Investigador de Early Institute
Publicación original de: Mexiquense Televisión

El Instituto Mexicano para la Competitividad ha presentado un análisis sobre dos retos educativos de gran relevancia: la disminución en los niveles de escolarización y la carencia de aprendizajes.

En cuanto a la escolarización, que es el porcentaje de matriculados en edad escolar, se ha observado una tendencia negativa. Durante el periodo 2018-2019, se observó un declive en la escolarización obligatoria (básica y media superior), el cual fue agravado por la pandemia del COVID-19. A pesar de programas como Aprende en Casa, no se logró evitar la caída en la matriculación de los estudiantes.

También es importante recordar que esta reducción en la matriculación se observó incluso en niveles de educación preescolar.

Respecto a los aprendizajes, los resultados en evaluaciones internacionales como PISA reflejan un estancamiento o retroceso en el rendimiento académico de los estudiantes mexicanos.

Esta situación se evidencia en puntajes equivalentes o inferiores a los obtenidos en 2006 en áreas clave como Matemáticas, Lectura y Ciencias.

Para abordar estas problemáticas, el IMCO sugiere, entre otras estrategias, reactivar programas exitosos como las escuelas de tiempo completo, que históricamente han beneficiado a estudiantes en situación de vulnerabilidad.

Además, se propone fortalecer los conocimientos básicos en el Nuevo Plan de Estudios para mejorar el aprendizaje, enfocándose en áreas críticas como matemáticas y ciencias, que, según los resultados de PISA 2022, resaltan la importancia de estos conocimientos para la preparación laboral de los estudiantes.

En conclusión, el estudio subraya la urgencia de abordar estos desafíos educativos al hablar de propuestas electorales y destaca la necesidad de propuestas detalladas que reconozcan la existencia de un problema con niñas y niños que se han quedado fuera del sistema educativo. Además, resalta que muchos de los que están dentro del sistema no obtienen los conocimientos esperados.

En México, hay miles de niñas y niños huérfanos tras la pandemia

Por: Annayancy Varas García, Directora General de Early Institute
Publicación original de: El Financiero

La orfandad tiene consecuencias severas en el desarrollo de los niños y las niñas, principalmente en indicadores de bienestar económico, mental y de otro tipo, hasta la vida adulta.

Con el Informe de la Comisión Independiente de Investigación sobre la Pandemia de Covid-19 en México, recientemente publicado por un grupo multidisciplinario de investigadores y profesionales que se reunieron para estudiar la respuesta del gobierno de México en torno a la contingencia, se revela información preocupante.

Para empezar, se señala que de las más de 800 mil muertes por covid, casi cuatro de cada diez fueron por fallas en la gestión gubernamental; esto da como resultado que cerca de 300 mil personas perdieron la vida por dichas deficiencias.

Entre otras cifras, se destaca que se dio una tasa de 260.7 decesos por cada 100 mil habitantes durante toda la emergencia; los decesos del personal de salud ascendieron a 5 mil 800 durante el periodo de marzo de 2020 al 9 de mayo de 2023; se perdieron más de 10.6 millones de empleos en 2020; la pobreza aumentó en 3.8 millones durante 2020; y 215 mil niños y niñas quedaron en situación de orfandad.

Sobre este último dato, se estima que esta cifra es de las más altas del mundo, colocando a México entre los ocho países más afectados, junto con otros de población total mucho más grande como Indonesia, Nigeria y Estados Unidos.

Como dice el informe: “Atender esta realidad con medidas enfocadas a apoyar el desarrollo integral de los menores afectados es un reto mayúsculo, pero una de las mayores obligaciones colectivas que nos ha legado la pandemia”.

El estudio asocia la alta mortalidad de los adultos jóvenes con la orfandad de niños y niñas, sin embargo, la situación se agrava cuando si el mismo ejercicio de estudio se realiza para personas que fungían como cuidadores principales de los menores, es decir, casos en que la custodia era ejercida por personas diferentes a los padres, como abuelos u otros parientes. En ese sentido, la cifra podría ascender a poco más de 229 mil huérfanos y huérfanas.

Y si el espectro se amplía a cuidadores tanto primarios como secundarios (padres, abuelos o parientes a cargo de la custodia y/o abuelos que vivían con los niños y las niñas) hablamos de que al menos 318 mil menores de edad pudieron haber sufrido la pérdida de una figura adulta con la que vivían y que se encargaba de su cuidado.

Según el reporte, estudios científicos reconocen que la orfandad tiene consecuencias severas en el desarrollo de los niños y las niñas, principalmente en indicadores de bienestar económico, mental y de otro tipo hasta la vida adulta. Entre ellos se incluye una posibilidad más alta de abandono escolar, pobreza, problemas de salud física y mental, así como mayor vulnerabilidad a diversas carencias.

Si bien durante este difícil proceso algunas fundaciones llevaron a cabo programas de asistencia para menores en proceso de duelo, lo cierto es que, hasta la fecha, no existe una política pública del Estado mexicano que otorgue apoyo, acompañamiento y protección a los niños, las niñas y las familias afectadas.

Es por ello que el informe señala que resulta impostergable el diseño e implementación de una política nacional enfocada en proteger el bienestar y los derechos de los menores huérfanos en México y que contemple al menos los siguientes aspectos: acompañamiento psicológico y medidas de atención de la salud física y mental; asistencia económica; y medidas para evitar la deserción escolar y apoyar el aprendizaje.

En Early Institute coincidimos con la Comisión Independiente de Investigación sobre la Pandemia de Covid-19 en México en calificar la crisis de orfandad como “la pandemia escondida”, pues a pesar de que en nuestro país se han configurado exhortos desde el Congreso de la Unión y los congresos locales para que las instancias gubernamentales se hagan cargo del asunto, aún no se concretan acciones que protejan a este sector. De igual modo, hacemos un llamado a los gobiernos federal y estatales a poner a las niñas y los niños en el centro, especialmente a quienes requieren apoyos especiales y medidas de atención que aseguren la cobertura de sus necesidades. La magnitud del problema así lo demanda y es imperativo actuar.

 

Hay 4 millones de madres solteras en México

Por: Cándido Pérez, Investigador de Early Institute
Publicación original de: Mexiquense Televisión

En nuestro país, hay alrededor de 38 millones de mujeres que son madres y en unos días celebraremos su papel en la familia y en la sociedad.

Si bien la mayoría de ellas están casadas o viven en unión libre, más del 11% son madres solteras, lo que representa alrededor de 4 millones de mujeres.

La mayoría de estas mujeres son parte de la población económicamente activa. Sin embargo, solo el 70% de aquellas que trabajan en empleos subordinados y remunerados tienen acceso a prestaciones laborales.

Es importante detenerse aquí. Sabemos que las madres solteras no solo son el sustento y la única fuente de ingresos del hogar en muchos casos, sino que también enfrentan desafíos como el cuidado de sus hijos e hijas, la incompatibilidad de horarios entre el trabajo y la escuela, y la doble carga de ser proveedoras y cuidadoras.

Esta situación se vuelve aún más difícil cuando no tienen acceso, por ejemplo, a una licencia por maternidad al nacer un hijo o hija, o cuando no tienen un acceso seguro al sistema de salud para ellas y su familia.

La falta de acceso a prestaciones laborales, un problema común en nuestro país, se convierte en un factor de vulnerabilidad adicional no solo para las madres solteras, sino también para sus hijos e hijas, quienes son su principal preocupación.

La desprotección que experimentan las madres solteras se evidencia en la falta de políticas públicas que aborden sus necesidades. La desigualdad en el acceso a servicios, la falta de políticas de conciliación entre el trabajo y la familia, y la protección limitada contra la discriminación son señales de que no se reconoce adecuadamente su contribución al país.

Ellas necesitan apoyo y es crucial eliminar los obstáculos que las colocan en una situación de desventaja. Nuestra felicitación en este día no es suficiente; es necesario reconocer que son altamente vulnerables y, por tanto, requieren una protección reforzada, tanto para ellas como para sus hijos e hijas.

#Elecciones2024 Es hora de actuar por nuestros niños

Por: Cándido Pérez, Investigador de Early Institute
Publicación original de: Mexiquense Televisión

El panorama que enfrenta la primera infancia en México, es decir, los niños y niñas menores de 6 años, es desalentador.

Casi la mitad están en situación de pobreza y uno de cada 10 en pobreza extrema; esto es solo el comienzo de un cúmulo de problemas que enfrentan hoy en día.

Solo el 3% tiene acceso a servicios de cuidado y educación inicial, y peor aún, casi la mitad no tiene acceso a servicios de salud.

La respuesta del gobierno federal no es la esperada. Por una parte, el organismo rector de la política en materia de niñez, el SIPINNA, se ha debilitado, y por otra, no hay integración interinstitucional ni perspectiva de niñez en los programas gubernamentales.

Por ello, desde Early Institute consideramos que urge adoptar medidas para mejorar la situación actual. Recomendamos, entre otros puntos:

Más allá de los discursos electorales, a partir del 3 de junio próximo, desde los equipos de transición y el eventual gabinete entrante, demandamos una ruta integral de acciones prioritarias que privilegie el bienestar de niñas y niños, especialmente de los más vulnerables.

La agenda de primera infancia no es un asunto electoral ni de campañas políticas; representa una decisión de Estado que permitirá el verdadero desarrollo social de nuestro país.

Uso de teléfono celular a temprana edad

Por: Annayancy Varas García, Directora General de Early Institute
Publicación original de: El Financiero

La tecnología es una herramienta que se enriquece con una aplicación adecuada y respetuosa y en el cuidado de las niñas y los niños no hay mejor medida que la vigilancia.

En un mundo donde la tecnología es clave en la interacción humana, el uso de los teléfonos celulares es inevitable, sin embargo, ¿a qué edad es recomendable que se empiece a utilizar este dispositivo?

Si bien se reconocen las ventajas que proporcionan las nuevas tecnologías, es un hecho que también hay amenazas que ponen en riesgo a los usuarios, en particular a los grupos más vulnerables.

Es por esto que hoy en día, padres y madres, se cuestionan sobre el momento más conveniente para que sus hijos e hijas comiencen a utilizar los dispositivos digitales más comunes, como lo es un teléfono móvil, el cual facilita también el acceso a internet y las redes. Pese a los esfuerzos por definir esta edad ideal, desafortunadamente no hay un acuerdo, en tanto los especialistas coinciden en que ello depende de las circunstancias en las que vive el niño o la niña y que podrían hacer pensar a sus padres que está listo o lista para asumir la responsabilidad sobre el uso del celular.

Lo anterior implica que no se puede generalizar, pues cada familia debe decidir según sus reglas y necesidades. Lo que sí hay son ciertos criterios que podrían orientar a los cuidadores de niños y niñas para dar inicio a esta práctica.

Al respecto, la especialista Leen d’Haenens, miembro de ySkills, un proyecto de investigación financiado por la Unión Europea para maximizar el impacto positivo de las nuevas tecnologías en los jóvenes, señala que uno de estos parámetros tiene que ver con la madurez del posible usuario, es decir, qué tanto puede manejar su tiempo frente a las pantallas y resguardar su seguridad en línea. Otros criterios más se dirigen a plantearse la necesidad real de tener un teléfono para comunicarse con familiares o amigos, así como si se requiere para fines educativos. Un último criterio, de acuerdo con la investigadora, es definir si con el uso del celular su seguridad física está garantizada en caso de emergencia.

Estas son algunas pautas para decidir si ya es tiempo de dar un celular a los más jóvenes del núcleo familiar, sin olvidar la responsabilidad de los mayores en esta etapa. Es decir, hay que acompañar siempre a niños y niñas en el manejo de los dispositivos, empleando controles de seguridad y restricciones a ciertos contenidos.

Incluso la mayoría de las redes sociales han establecido como política que la apertura de una cuenta no sea por alguien menor de 14 años, lo que podría colaborar en la decisión de cuándo comenzar con un teléfono móvil.

En Early Institute sostenemos que la tecnología es necesaria para la dinámica social, motivo por el cual hay que alentar su uso responsable. Este tema sobre la edad idónea para proporcionar un teléfono celular a un niño o una niña es reciente y tiene que ver con el debate, a nivel global, de cara a la responsabilidad que tienen también las grandes empresas tecnológicas. Es indispensable la supervisión y la regulación en el manejo de los dispositivos móviles, ya que así como hay beneficios inigualables, hay a su vez daños irreparables que pudieran afectar profundamente a las personas. Sobre todo, hay que enfatizar que la tecnología es una herramienta que se enriquece con una aplicación adecuada y respetuosa y en el cuidado de las niñas y los niños no hay mejor medida que la vigilancia continua para prevenir experiencias que pudieran vulnerar su integridad física y emocional.

¿Eutanasia o abandono? El Estado debe garantizar una vida digna

Por: Cándido Pérez, Investigador de Early Institute
Publicación original de: Mexiquense Televisión

Seguramente muchos de los lectores conocen la historia de una joven holandesa que solicitó la eutanasia, no debido a ninguna enfermedad física, sino más bien a una profunda depresión que experimentó durante gran parte de su vida.

Se ha relatado en diversos medios, su depresión, junto con el autismo y un trastorno límite de la personalidad, han sido impedimentos para continuar sus estudios y su trayectoria profesional.

La historia de esta joven ha generado debate en Holanda, pues mientras algunos consideran que esta medida debe estar a disposición de cualquier persona que viva algún tipo de sufrimiento persistente, otros expresan preocupación por el abandono terapéutico que puede sufrir una persona en situaciones como esta.

Respecto a este debate, lo primero que hay que aclarar es que actualmente existen estudios muy rigurosos que muestran que la petición de eutanasia por parte de los enfermos disminuye al mejorar la formación de los profesionales que atienden estos casos y al implementar políticas públicas para garantizar tratamientos que aborden padecimientos físicos y mentales.

Diversos especialistas han argumentado que la eutanasia refleja la incapacidad de cuidar adecuadamente a las personas, especialmente a aquellas que sufren de manera permanente. Sostienen que la razón por la que las leyes de suicidio asistido y eutanasia están obteniendo apoyo público tiene mucho que ver con el miedo, la ira, la desconfianza o la pérdida de esperanza en la posibilidad de encontrar soluciones.

Sin lugar a dudas, en debates de esta naturaleza debemos impulsar el respeto a la libertad humana. Sin embargo, como Estado, la primera responsabilidad es optar por la vida; el sistema de salud debe hacer todo, absolutamente todo, para apoyar a los pacientes y a sus familias a fin de que tengan la mejor calidad de vida posible hasta el último momento.

El Estado debe asegurar el derecho a ser admitido en alguna institución de salud, a recibir información clara, suficiente y oportuna sobre el tratamiento y las alternativas médicas disponibles, a ser tratado de manera digna, respetuosa y profesional por parte del personal médico, y a recibir apoyo psicológico y espiritual hasta el final.

El Estado simplemente no puede claudicar bajo ninguna circunstancia.

Indigna la indiferencia ante la creciente violencia infantil

Por: Annayancy Varas García, Directora General de Early Institute
Publicación original de: El Financiero

Se nota que las autoridades en materia de seguridad pública, así como las responsables de la impartición de justicia, han quedado rebasadas por la realidad.

En las últimas semanas, hemos conocido los terribles casos de dos niñas mexicanas que perdieron la vida de la manera más atroz. Hablo de Camila, una pequeña de 8 años residente del barrio La Florida, en el municipio de Taxco, Guerrero, quien fue reportada como desaparecida y, luego, encontrado su cuerpo en una carretera. La presunta responsable fue linchada por los vecinos, provocando su muerte y dos de sus hijos fueron también agredidos, pero rescatados para ser puestos a disposición de las autoridades.

El otro lamentable caso es el de Madelaine, una niña de tan solo dos años que sufrió de maltrato excesivo hasta causarle la muerte por parte de su madre y padrastro. Sucedió en Durango y se sabe que su abuela ya había denunciado los abusos extremos que sufría Madelaine en su entorno familiar, sin embargo, las autoridades no le brindaron la protección debida. Hoy los responsables ya fueron sentenciados por el delito de feminicidio agravado.

Es de verdad indignante saber que estas situaciones son cada vez más frecuentes en nuestro país, lo que evidencia el fracaso del Estado mexicano por brindar una esfera de protección integral a niñas, niños y adolescentes que les garantice una vida libre de violencia.

Según el Censo Nacional de Procuración de Justicia Estatal 2022 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), se registraron 47 mil 462 homicidios a nivel nacional, de los cuales contra niñas, niños y adolescentes fueron 2 mil 37.

Sin duda lo que está ocurriendo pone de manifiesto diversos aspectos que nos deberían preocupar y alertar, pues hay una clara ineficiencia en varias líneas. Para empezar, se nota que las autoridades en materia de seguridad pública, así como las responsables de la impartición de justicia, han quedado rebasadas por la realidad social. La ciudadanía se ha percatado de esta problemática y ha iniciado a ejercer justicia por su propia mano. Por otro lado, la legislación y los procesos de impartición de justicia han reflejado no estar a la altura de las circunstancias y necesidades, pues hay fallas visibles en sus procedimientos. La nula perspectiva de niñez que impera en los procesos judiciales provoca que en la posible comisión de delitos en contra de niñas, niños y adolescentes no se garantice su interés superior. Por último, hay omisión, revictimización y falta de especialización de autoridades. Así quedó demostrado con las declaraciones del extitular de la Secretaría de Seguridad municipal de Taxco, en las que señaló una responsabilidad parcial hacia la madre de Camila por “no cuidarla lo suficiente”.

Todo este escenario amerita una revisión profunda que va desde el fortalecimiento de la capacidad y eficiencia del sistema judicial en los casos que involucren una posible vulneración de derechos en contra de niñas, niños y adolescentes hasta la especialización de funcionarios públicos y una protección real e integral a las víctimas de delitos y a sus familiares.

En Early Institute externamos nuestra preocupación e indignación por las deficiencias observadas en el tratamiento de los casos de Camila y Madelaine, así como de otras niñas mexicanas que son víctimas de violencia. Sobre todo, nos preocupa el silencio que se ha notado en las distintas plataformas electorales que no abordan el tema de manera expresa. Hoy da miedo que surjan más episodios como los descritos, pero es más aterrador y doloroso la indiferencia que se está observando ante la grave violencia infantil.

Feminicidio de niñas y adolescentes

Por: Cándido Pérez, Investigador de Early Institute
Publicación original de: Mexiquense Televisión

Los lamentables hechos en Taxco, Guerrero, donde la niña Camila fue víctima de feminicidio, han revelado una serie de problemáticas de fondo en las que se evidencia un fracaso del Estado mexicano para proteger a niñas, niños y adolescentes y garantizarles una vida libre de violencia.

La muerte de Camila no es un caso aislado. Según el INEGI, en 2022 hubo 2,037 homicidios de niñas, niños y adolescentes. Tan solo en Guerrero ocurrieron 60 de ellos, y la situación es aún más alarmante en estados como Guanajuato y Michoacán, que juntos acumularon casi 500 homicidios.

En ese mismo año, se contabilizaron 1,553 feminicidios a nivel nacional, de los cuales 203 fueron de niñas y adolescentes. Es decir, como Camila, hay cientos de niñas y adolescentes a quienes se les arrebata la vida en nuestro país.

Este caso ha dejado nuevamente en claro la ausencia de un estado de derecho. Las autoridades responsables de la impartición de justicia han quedado rebasadas y la ciudadanía ha ejercido justicia por su propia mano, lo cual es un síntoma de un Estado que ha fallado en proteger a sus ciudadanos.

La respuesta tardía de las autoridades es muestra evidente de indiferencia y de procesos ineficientes. Ha sido patente la nula perspectiva de niñez que impera en los procesos judiciales, donde no contamos con ningún tipo de especialización para la atención de casos que involucren delitos contra niñas, niños y adolescentes, lo que conlleva a un fracaso en garantizar su interés superior.

No existen protocolos o mecanismos de actuación rápida para la detención de probables responsables, ni coordinación entre autoridades para agilizar procesos de puesta a disposición de ministerios públicos.

Desde Early Institute, expresamos nuestra preocupación y consideramos imprescindible:

Fortalecer la capacidad y eficiencia del sistema judicial, especialmente mejorar la respuesta de las autoridades de primer contacto.

Especializar a servidores públicos para garantizar una correcta atención y restitución de derechos de niñas, niños y adolescentes.

Mayor congruencia entre las normas jurídicas y la realidad social, es decir, que las leyes y procedimientos sean aliados en la protección de víctimas, sobre todo cuando hablamos de niñas y niños.

Esperamos que Camila no sea un caso más y que, en estos tiempos de debates y campañas, se ponga a las niñas y los niños en el centro de las propuestas y acciones cruciales en el país.